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vendredi 27 septembre 2013

El papa invita a rezar incesantemente por la paz en Siria, Lí­bano y Oriente Medio



El papa esta mañana ha concelebrado la eucaristía matutina en Santa Marta con los cardenales Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales y Béchara Boutros Raï, patriarca de Antioquía de los maronitas, junto a un grupo de obispos maronitas venidos del Líbano, de Siria, de Tierra Santa y de otros países de todo el mundo. Las ideas que han estado al centro de su predicación han sido "la vergüenza delante de Dios, la oración para implorar la misericordia divina y la plena confianza en el Señor".
El santo padre ha comentado las lecturas de la liturgia deteniéndose de forma particular en el fragmento del libro de Esdras. Francisco ha desarrollado la homilía en torno a tres conceptos.
En primer lugar la actitud de vergüenza y confusión del Esdras delante de Dios, hasta el punto de no poder alzar los ojos hacia Él. Vergüenza y confusión de todos nosotros por los pecados cometidos, que nos han llevado a la esclavitud porque hemos servido a ídolos que no son Dios.
A continuación ha pasado al segundo concepto: la oración. "Según el ejemplo de Esdras, que de rodillas alza las manos hacia Dios implorando misericordia, así debemos hacer nosotros por nuestro innumerables pecados". Ha continuado el papa remarcando que es necesario elevar también una oración por la paz en Líbano, en Siria y en todo Oriente Medio. Y ha añadido que "la oración es siempre y sin embargo, el camino que debemos recorrer para afrontar los momentos difíciles, como las pruebas más dramáticas y la oscuridad que a veces nos rodea en situaciones impredecibles. El pontífice ha subrayado que para encontrar el camino de salida de todo ello es necesario rezar incesantemente".
Finalmente, el santo padre ha hablado de la confianza absoluta en Dios que nunca nos abandona. "Estamos seguros que el Señor está con nosotros y, por tanto, nuestro caminar debe hacerse perseverar gracias a la esperanza que infunde fortaleza. La palabra de los pastores será tranquilizante para los fieles: el Señor no nos abandonará nunca", ha señalado el papa.
Después de la comunión, el cardenal Bechara Raï ha dirigido un agradecimiento al santo padre y un saludo cordial en nombre de los obispos participantes, de todos los maronitas y de todo el Líbano, confirmando su fidelidad a Pedro y a su sucesor "que nos sostiene en nuestro camino a menudo espinoso". En particular ha dado las gracias al papa por el fuerte impulso que ha dado a la búsqueda de la paz: "Su oración y exhortación por la paz en Siria y en Oriente Medio ha sembrado esperanza y consuelo".
(Fuente: Radio Vaticana)


El sacramento no es un rito mágico, sino el encuentro con Jesús que nos espera


Recordó en la misa de Santa Marta que Dios "es un compañero de camino, que hace la historia con nosotros"

Jesús nos espera siempre, esta es la humildad de Dios. Es lo que dijo el papa Francisco en la misa de esta mañana en la Casa Santa Marta. El papa, quien se inspiró en el salmo "Vamos alegres a la casa del Señor", subrayó que el sacramento no es un ritual mágico, sino un encuentro con Jesús, que nos acompaña en la vida.
El papa Francisco se inspiró en el salmo de hoy, recitado después de la primera lectura, para detenerse sobre la presencia del Señor en nuestra vida. Una presencia que acompaña. En la historia del Pueblo de Dios, observó el papa, hay "buenos momentos que dan alegría", y también momentos malos "de dolor, de martirio, de pecado":
"Y sea en los momentos malos, como en los buenos tiempos, una cosa es siempre la misma: ¡el Señor está allí, nunca abandona a su pueblo! Porque el Señor, aquel día del pecado, del primer pecado, ha tomado una decisión, hizo una elección: hacer historia con su pueblo. Y Dios, que no tiene historia, porque es eterno, ha querido hacer historia, caminar cerca de su pueblo. Pero más aún: convertirse en uno de nosotros, y como uno de nosotros, caminar con nosotros, en Jesús. Y esto nos habla de la humildad de Dios".
He aquí, pues, que la grandeza de Dios --añadió, es su humildad: "Ha querido caminar con su pueblo". Y cuando su pueblo "se alejaba de Él por el pecado, con la idolatría", "Él estaba allí" esperando. Y también Jesús –continuó, viene con "esta actitud de humildad”. Él quiere "caminar con el pueblo de Dios, caminar con los pecadores; incluso caminar con los soberbios". El Señor, dijo, ha hecho mucho "para ayudar a estos corazones soberbios de los fariseos":
"Humildad. Dios siempre está listo. Dios está a nuestro lado, Dios camina con nosotros, es humilde, siempre nos espera. Jesús siempre nos espera. Esta es la humildad de Dios. Y la Iglesia canta con alegría esta humildad de Dios que nos acompaña, como lo hicimos con el Salmo. "Vamos alegres a la casa del Señor': vamos con alegría porque Él nos acompaña, Él está con nosotros. Y el Señor Jesús, incluso en nuestra vida personal nos acompaña: con los sacramentos. El sacramento no es un ritual de magia: se trata de un encuentro con Jesucristo, nos encontramos con el Señor. Es Él quien está al lado de nosotros y nos acompaña".
Jesús se hace "compañero de camino". "También el Espíritu Santo –añadió, nos acompaña y nos enseña todo lo que no sabemos, en el corazón" y "nos recuerda todo lo que Jesús nos enseñó". Y así "nos hace sentir la belleza del buen camino".
"Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo -dijo el papa Francisco, son compañeros de camino, hacen la historia con nosotros".
Y esto --continuó, la Iglesia lo celebra "con gran alegría, incluso en la Eucaristía", con la "cuarta oración eucarística", donde "se canta el amor tan grande de Dios que ha querido ser humilde, que ha querido ser compañero de viaje de todos nosotros, que ha querido también Él hacerse historia con nosotros".
"Y si Él entró en nuestra Historia, entremos también nosotros un poco en la historia de Dios, o por lo menos pidámosle la gracia de dejar escribir nuestra historia por Él: que Él escriba nuestra historia. Es algo seguro".
Traducido y adaptado por José Antonio Varela V. del texto original italiano de Radio Vaticana
(24 de septiembre de 2013) © Innovative Media Inc.


«Emigrantes y refugiados: hacia un mundo mejor»

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA JORNADA MUNDIAL 
DEL EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO 2014 
 

«Emigrantes y refugiados: hacia un mundo mejor»

Queridos hermanos y hermanas:
Nuestras sociedades están experimentando, como nunca antes había sucedido en la historia, procesos de mutua interdependencia e interacción a nivel global, que, si bien es verdad que comportan elementos problemáticos o negativos, tienen el objetivo de mejorar las condiciones de vida de la familia humana, no sólo en el aspecto económico, sino también en el político y cultural. Toda persona pertenece a la humanidad y comparte con la entera familia de los pueblos la esperanza de un futuro mejor. De esta constatación nace el tema que he elegido para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado de este año: Emigrantes y refugiados: hacia un mundo mejor.
Entre los resultados de los cambios modernos, el creciente fenómeno de la movilidad humana emerge como un “signo de los tiempos”; así lo ha definido el Papa Benedicto XVI (cf. Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2006). Si, por un lado, las migraciones ponen de manifiesto frecuentemente las carencias y lagunas de los estados y de la comunidad internacional, por otro, revelan también las aspiraciones de la humanidad de vivir la unidad en el respeto de las diferencias, la acogida y la hospitalidad que hacen posible la equitativa distribución de los bienes de la tierra, la tutela y la promoción de la dignidad y la centralidad de todo ser humano.
Desde el punto de vista cristiano, también en los fenómenos migratorios, al igual que en otras realidades humanas, se verifica la tensión entre la belleza de la creación, marcada por la gracia y la redención, y el misterio del pecado. El rechazo, la discriminación y el tráfico de la explotación, el dolor y la muerte se contraponen a la solidaridad y la acogida, a los gestos de fraternidad y de comprensión. Despiertan una gran preocupación sobre todo las situaciones en las que la migración no es sólo forzada, sino que se realiza incluso a través de varias modalidades de trata de personas y de reducción a la esclavitud. El “trabajo esclavo” es hoy moneda corriente. Sin embargo, y a pesar de los problemas, los riesgos y las dificultades que se deben afrontar, lo que anima a tantos emigrantes y refugiados es el binomio confianza y esperanza; ellos llevan en el corazón el deseo de un futuro mejor, no sólo para ellos, sino también para sus familias y personas queridas.
¿Qué supone la creación de un “mundo mejor”? Esta expresión no alude ingenuamente a concepciones abstractas o a realidades inalcanzables, sino que orienta más bien a buscar un desarrollo auténtico e integral, a trabajar para que haya condiciones de vida dignas para todos, para que sea respetada, custodiada y cultivada la creación que Dios nos ha entregado. El venerable Pablo VI describía con estas palabras las aspiraciones de los hombres de hoy: «Verse libres de la miseria, hallar con más seguridad la propia subsistencia, la salud, una ocupación estable; participar todavía más en las responsabilidades, fuera de toda opresión y al abrigo de situaciones que ofenden su dignidad de hombres; ser más instruidos; en una palabra, hacer, conocer y tener más para ser más» (Cart. enc. Populorum progressio, 26 marzo 1967, 6).
Nuestro corazón desea “algo más”, que no es simplemente un conocer más o tener más, sino que es sobre todo un ser más. No se puede reducir el desarrollo al mero crecimiento económico, obtenido con frecuencia sin tener en cuenta a las personas más débiles e indefensas. El mundo sólo puede mejorar si la atención primaria está dirigida a la persona, si la promoción de la persona es integral, en todas sus dimensiones, incluida la espiritual; si no se abandona a nadie, comprendidos los pobres, los enfermos, los presos, los necesitados, los forasteros (cf. Mt 25,31-46); si somos capaces de pasar de una cultura del rechazo a una cultura del encuentro y de la acogida.
Emigrantes y refugiados no son peones sobre el tablero de la humanidad. Se trata de niños, mujeres y hombres que abandonan o son obligados a abandonar sus casas por muchas razones, que comparten el mismo deseo legítimo de conocer, de tener, pero sobre todo de ser “algo más”. Es impresionante el número de personas que emigra de un continente a otro, así como de aquellos que se desplazan dentro de sus propios países y de las propias zonas geográficas. Los flujos migratorios contemporáneos constituyen el más vasto movimiento de personas, incluso de pueblos, de todos los tiempos. La Iglesia, en camino con los emigrantes y los refugiados, se compromete a comprender las causas de las migraciones, pero también a trabajar para superar sus efectos negativos y valorizar los positivos en las comunidades de origen, tránsito y destino de los movimientos migratorios.
Al mismo tiempo que animamos el progreso hacia un mundo mejor, no podemos dejar de denunciar por desgracia el escándalo de la pobreza en sus diversas dimensiones. Violencia, explotación, discriminación, marginación, planteamientos restrictivos de las libertades fundamentales, tanto de los individuos como de los colectivos, son algunos de los principales elementos de pobreza que se deben superar. Precisamente estos aspectos caracterizan muchas veces los movimientos migratorios, unen migración y pobreza. Para huir de situaciones de miseria o de persecución, buscando mejores posibilidades o salvar su vida, millones de personas comienzan un viaje migratorio y, mientras esperan cumplir sus expectativas, encuentran frecuentemente desconfianza, cerrazón y exclusión, y son golpeados por otras desventuras, con frecuencia muy graves y que hieren su dignidad humana.
La realidad de las migraciones, con las dimensiones que alcanza en nuestra época de globalización, pide ser afrontada y gestionada de un modo nuevo, equitativo y eficaz, que exige en primer lugar una cooperación internacional y un espíritu de profunda solidaridad y compasión. Es importante la colaboración a varios niveles, con la adopción, por parte de todos, de los instrumentos normativos que tutelen y promuevan a la persona humana. El Papa Benedicto XVI trazó las coordenadas afirmando que: «Esta política hay que desarrollarla partiendo de una estrecha colaboración entre los países de procedencia y de destino de los emigrantes; ha de ir acompañada de adecuadas normativas internacionales capaces de armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los derechos de las personas y de las familias emigrantes, así como las de las sociedades de destino» (Cart. enc.Caritas in veritate, 19 junio 2009, 62). Trabajar juntos por un mundo mejor exige la ayuda recíproca entre los países, con disponibilidad y confianza, sin levantar barreras infranqueables. Una buena sinergia animará a los gobernantes a afrontar los desequilibrios socioeconómicos y la globalización sin reglas, que están entre las causas de las migraciones, en las que las personas no son tanto protagonistas como víctimas. Ningún país puede afrontar por sí solo las dificultades unidas a este fenómeno que, siendo tan amplio, afecta en este momento a todos los continentes en el doble movimiento de inmigración y emigración.
Es importante subrayar además cómo esta colaboración comienza ya con el esfuerzo que cada país debería hacer para crear mejores condiciones económicas y sociales en su patria, de modo que la emigración no sea la única opción para quien busca paz, justicia, seguridad y pleno respeto de la dignidad humana. Crear oportunidades de trabajo en las economías locales, evitará también la separación de las familias y garantizará condiciones de estabilidad y serenidad para los individuos y las colectividades.
Por último, mirando a la realidad de los emigrantes y refugiados, quisiera subrayar un tercer elemento en la construcción de un mundo mejor, y es el de la superación de los prejuicios y preconcepciones en la evaluación de las migraciones. De hecho, la llegada de emigrantes, de prófugos, de los que piden asilo o de refugiados, suscita en las poblaciones locales con frecuencia sospechas y hostilidad. Nace el miedo de que se produzcan convulsiones en la paz social, que se corra el riesgo de perder la identidad o cultura, que se alimente la competencia en el mercado laboral o, incluso, que se introduzcan nuevos factores de criminalidad. Los medios de comunicación social, en este campo, tienen un papel de gran responsabilidad: a ellos compete, en efecto, desenmascarar estereotipos y ofrecer informaciones correctas, en las que habrá que denunciar los errores de algunos, pero también describir la honestidad, rectitud y grandeza de ánimo de la mayoría. En esto se necesita por parte de todos un cambio de actitud hacia los inmigrantes y los refugiados, el paso de una actitud defensiva y recelosa, de desinterés o de marginación –que, al final, corresponde a la “cultura del rechazo”- a una actitud que ponga como fundamento la “cultura del encuentro”, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor. También los medios de comunicación están llamados a entrar en esta “conversión de las actitudes” y a favorecer este cambio de comportamiento hacia los emigrantes y refugiados.
Pienso también en cómo la Sagrada Familia de Nazaret ha tenido que vivir la experiencia del rechazo al inicio de su camino: María «dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (Lc 2,7). Es más, Jesús, María y José han experimentado lo que significa dejar su propia tierra y ser emigrantes: amenazados por el poder de Herodes, fueron obligados a huir y a refugiarse en Egipto (cf. Mt2,13-14). Pero el corazón materno de María y el corazón atento de José, Custodio de la Sagrada Familia, han conservado siempre la confianza en que Dios nunca les abandonará. Que por su intercesión, esta misma certeza esté siempre firme en el corazón del emigrante y el refugiado.
La Iglesia, respondiendo al mandato de Cristo «Id y haced discípulos a todos los pueblos», está llamada a ser el Pueblo de Dios que abraza a todos los pueblos, y lleva a todos los pueblos el anuncio del Evangelio, porque en el rostro de cada persona está impreso el rostro de Cristo. Aquí se encuentra la raíz más profunda de la dignidad del ser humano, que debe ser respetada y tutelada siempre. El fundamento de la dignidad de la persona no está en los criterios de eficiencia, de productividad, de clase social, de pertenencia a una etnia o grupo religioso, sino en el ser creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26-27) y, más aún, en el ser hijos de Dios; cada ser humano es hijo de Dios. En él está impresa la imagen de Cristo. Se trata, entonces, de que nosotros seamos los primeros en verlo y así podamos ayudar a los otros a ver en el emigrante y en el refugiado no sólo un problema que debe ser afrontado, sino un hermano y una hermana que deben ser acogidos, respetados y amados, una ocasión que la Providencia nos ofrece para contribuir a la construcción de una sociedad más justa, una democracia más plena, un país más solidario, un mundo más fraterno y una comunidad cristiana más abierta, de acuerdo con el Evangelio. Las migraciones pueden dar lugar a posibilidades de nueva evangelización, a abrir espacios para que crezca una nueva humanidad, preanunciada en el misterio pascual, una humanidad para la cual cada tierra extranjera es patria y cada patria es tierra extranjera.
Queridos emigrantes y refugiados. No perdáis la esperanza de que también para vosotros está reservado un futuro más seguro, que en vuestras sendas podáis encontrar una mano tendida, que podáis experimentar la solidaridad fraterna y el calor de la amistad. A todos vosotros y a aquellos que gastan sus vidas y sus energías a vuestro lado os aseguro mi oración y os imparto de corazón la Bendición Apostólica.
Vaticano, 5 de agosto de 2013.

FRANCISCO



dimanche 22 septembre 2013

Instrumentalizar a los pobres por intereses propios es pecado grave


El papa en Cerdeña a los pobres y encarcelados: 'Miremos a Jesús, esto nos da tanta fuerza'. La solidaridad es el camino, la humildad no es una ideología. La caridad no es asistencialismo, porque eso es negocio
Por Redacción
ROMA, 22 de septiembre de 2013 (Zenit.org) - Pocos minutos después de las 15 horas, el papa Francisco viajaba en el papamovil entre la gente que le esperaba por las calles y le aplaudía.
Después de haber saludado y besado a algunos niños, entró en la catedral. Y mientras el coro creaba una atmósfera recogida, el papa se sentó adelante, al pié del altar.
El arzobispo de Cagliari, Arrigo Miglio, recordó que estaban presentes los voluntarios de la Cáritas, un grupo de presos.  Al final de sus palabras el papa saludó a diversas personas, pobres, detenidos, encarcelados menores, ex prostitutas y también enfermos y personas varias.
El papa inició agradeciendo a los presentes de estar allí, y en su “yo me siento aquí como en mi casa” estallaron los aplausos. “Porque como se dice en América Latina esta casa es mi casa” dijo.
El papa subrayó, en algunas palabras fuera del discurso que había preparado: “Aquí sentimos de manera fuerte y concreta que somos todos hermanos. Aquí el único Padre es el Padre Celeste, y el único maestro es Jesucristo”. Y volviendo al mensaje escrito recordó: “La primera cosa que quiero compartir es esta alegría de tener a Jesús como Maestro”.
Y les aconsejó: “Miremos hacia Él, esto nos da tanta fuerza, tanta consolación en nuestras fragilidades, en nuestras miserias y dificultades”. Porque “todos los que estamos aquí somos iguales delante del Padre”, y señaló que “Jesús decidió de hacerse hombre y como hombre hacerse siervo, hasta la morir en la cruz”. El papa precisó que esta es la vía del amor, y señaló que “la caridad no es asistencialismo” porque advirtió que eso “es hacer negocios”.
Sobre la palabra solidaridad en esta cultura de lo descartable consideró “que corre el riesgo de ser borrada del vocabulario, porque da fastidio y en cambio nosotros decimos que este es el camino”. Y recordó que la humildad de Jesús fue real, porque eligió de estar con los pequeños, con los excluidos, con nosotros. Pero volvió a advertir: “Atención, no es una ideología”.
Un segundo aspecto que quiso subrayar el santo padre es que “Jesús no vino al mundo para hacer un desfile, para hacerse ver” y por eso agradeció a Dios por el empeño de aquellos que quieren seguirlo, en particular los voluntarios a quienes instó a “ realizar obras de misericordia con misericordia, las de caridad con caridad, con ternura y siempre con humildad.
“¿Saben?, a veces se encuentra arrogancia en el servir a los pobres” dijo, y “estoy seguro que ustedes lo han visto, la arrogancia de quienes saben que necesitamos de su servicio”. Y señalo que “algunos instrumentalizan a los pobres por intereses personales o del propio grupo. Sé que esto es humano ¡pero no está bien! Y digo más: esto es pecado, pecado grave, porque es usar a los que son carne de Jesús para su vanidad propia”, y concluyó el santo padre: “Sería mejor si estas personas se quedaran en su casa”.
“Siguiendo a Cristo en la vía de la caridad sembramos la esperanza” dijo. Recordó que la sociedad italiana y en general, necesita esperanza, “y algunos miembros de ella deben empeñarse en el sector político que es una forma alta de caridad”. Matizó que como Iglesia existe una responsabilidad de colaborar con las instituciones públicas respetando las propias competencias.
Y repitió “No se dejen robar la esperanza y vayan adelante”. Concluyó bendiciendo “a todos ustedes junto a vuestras familias”. Al despedirse pidió: “recen por mí que tengo mucha necesidad de oraciones”.
A la salida de la catedral hubo un evento fuera de programa, del santo padre encontró a un grupo de unas cien religiosas de clausura, de diversas congregaciones. “El señor nos ha llamado --les dijo-- para sostener a la Iglesia, ante todo con las oraciones. Recen por mí”.

Leer la realidad sin miedos, sin fugas y sin catastrofismos


El papa al mundo universitario: no tener miedo de confrontarse, no resignarse. La universidad como cultura de cercanía constructiva
Por Redacción
ROMA, 22 de septiembre de 2013 (Zenit.org) - Unos pocos minutos después de las 16 horas, el santo padre llegó a la Pontificia Facultad Teológica Regional en Cerdeña. El papa fue recibido por la comunidad de jesuitas en el aula Magna, con la presencia de los docentes y estudiantes de dicha universidad pero también de otras estatales de Cerdeña. Tras los saludos de los directores de la universidad, el papa dirigió el siguiente discurso:
Queridos amigos, a todos les doy mi cordial saludo.
Agradezco al padre director y a los rectores magníficos por sus palabras de acogida, y les deseo todo tipo de bien por el trabajo de las tres instituciones. Les agradezco el trabajo de las Pontificia Facultad Teológica que nos hospeda, en particular a los padres jesuitas que realizan con generosidad su precioso servicio y a todo el cuerpo académico. La preparación de los candidatos al sacerdocio es siempre un objetivo primario, pero también la formación de los laicos es muy importante.
No quiero hacer una lección académica mismo si el contexto y el hecho que ustedes son un grupo calificado lo solicitaría. Prefiero ofrecer algunas reflexiones hechas en alta voz que parten de mi experiencia de hombre y de Pastor de la Iglesia.
Y por esto me dejo guiar por un párrafo del evangelio, haciendo una lectura 'existencial', la de los discípulos de Emaús: dos discípulos que Jesús que después de su muerte retornan a su pueblo. He elegido tres palabras clave: desilusión, resignación, esperanza.
Estos discípulos llevan en su corazón sufrimiento y desorientación por la muerte de Jesús, están desilusionados por como acabaron las cosas. Un sentimiento análogo lo encontramos también en nuestra situación actual: la desilusión, debido a una crisis económico-financiera, pero también ecológica, educativa, moral. Es una crisis que se refiere al presente y al futuro histórico, existencial del hombre en esta nuestra civilización occidental, que termina por afectar al mundo entero.
Claramente cada época de la historia contiene en sí elementos críticos, pero al menos en los cuatro últimos siglos no se ha visto nunca así --el tambalear las certezas fundamentales que constituyen la vida de los seres humanos-- como en nuestra época.
Pienso a la deterioración del ambiente, a los desequilibrios sociales, a la terrible pontencia de las armas, al sistema económico-financiero, al desarrollo y al peso de los medios de información, de comunicación y de transporte. Es un cambio que afecta el modo mismo en el cual la humanidad lleva su existencia en este mundo.
Delante a esta realidad ¿Cuáles son las reacciones? Volvamos a los dos discípulos de Emaús: desilusionados delante de la muerte de Jesús se muestran resignados y buscan de huir de la realidad, dejan Jerusalén. Mismas actitudes que podemos leer también en este momento histórico. Delante de la crisis nos podemos resignar, ser pesimistas hacia cualquier posibilidad eficaz de intervención. En un cierto sentido es un 'salirse afuera' de la misma dinámica del actual momento histórico, denunciando los aspectos más negativos con una mentalidad similar a la de aquel movimiento espiritual y teológico del II siglo después de Cristo que es llamado 'apocalíptico'.
Esta concepción pesimista de la libertad humana y de los procesos históricos lleva a una especie de parálisis de la inteligencia y de la voluntad. La desilusión lleva también a una especie de fuga, a buscar 'islas' o momentos de tregua. Es algo similar a la actitud de Pilatos, el 'lavarse las manos'. Una actitud que parece 'pragmática' pero que de hecho ignora el grito de justicia, de responsabilidad social, y que lleva al individualismo a la hipocresía o peor a una especie de cinismo.
A este punto nos pedimos: ¿Tiene una via de salida esta situación? ¿Debemos resignarnos? ¿Tenemos que dejar oscurecer la esperanza? ¿Tenemos que huir de la realidad? Tenemos que 'lavarnos las manos' y cerrarnos en nosotros mismos? Pienso que no sea una vía que debemos recorres, pero que justamente el momento histórico que vivimos nos empuja a buscar y encontrar las vías de esperanza, que abran nuevos horizontes a nuestra sociedad. Y aquí está el precioso rol de la universidad como lugar de elaboración y transmisión del saber, de formación de la 'sapienza' en el sentido más profundo del término, de educación integral de la persona. En esta dirección quiero ofrecer algunos breves puntos sobre los cuales reflexionar.
La universidad como lugar de discernimiento: Es importante leer la realidad, mirándola en la cara. Las lecturas ideológicas o parciales no sirve, alimentan solamente la ilusión y la desilusión. Leer la realidad pero también vivir esta realidad sin miedos, sin fugas y sin catastrofismos

Cada crisis, incluso esa actual, es un pasaje, el dolor de un parto que comporta fatiga, sufrimiento, pero que trae consigo el horizonte de la vida, de una renovación, trae la fuerza de la esperanza. La cirisis puede volverse un momento de purificación y de reconsideración de nuestros modelos económicos sociales y de una cierta concepción del progreso que ha alimentado ilusiones para recuperar lo humano en todas sus dimensiones.

El discernimiento no es ciego ni se improvisa: se realiza sobre criterios éticos y espirituales, implica interrogarse sobre lo que es bueno, sobre los propios valores de una visión del hombre y del mundo, una visión de la persona en todas sus dimensiones, especialmente aquella espiritual, trascendente. No se puede considerar nunca a la persona como 'material humano.
La universidad como lugar de 'sapienza' tiene una función muy importante en el formar el discernimiento para alimentar la esperanza, Cuando el viandante desconocido que es Jesús Resuscitado, se acerca a los dos discípulos de Emaús, tristes y desconsolados no intenta esconder la realidad de la crucifixión, de la aparente derrota que ha provocado su crisis, al contrario los invita a leer la realidad para guiarlos a la luz de su Resurrección:
“Oh insensatos y tardos de corazón.. ¿No era era necesario que el Cristo padeciera todo esto para entrar así en su gloria? Tener discernimiento significa no huir, sino leer seriamente, sin prejuicios la realidad".
Otro elemento: la universidad como lugar en el que se elabora la cultura de la proximidad y de la cercanía. El aislamiento y el cierre en si mismos o en los propios intereses no son nunca el camino para dar esperanza o para obrar una renovación, pero es la cercanía, es la cultura del encuentro.
La universidad es el lugar privilegiado en el que se promueve, se enseña, se vive enseña cultura del diálogo, que no nivela indiscriminadamente diferencias y pluralismos --uno de los riesgos de la globalización-- y tampoco los extrema haciéndolos volver motivo de choque, pero abre a la confrontación constructiva.
Esto significa entender y valorizar las riquezas del otro, considerándolo no con indiferencia o con temor, pero como un factor de crecimiento. Las dinámicas que rigen las relaciones entre personas, entre grupos, entre naciones, con frecuencia no son de cercanía, de encuentro pero de choque.
Me reporto a la estrofa evangélica: cuando Jesús se acerca a los discípulos de Emaús y comparte su camino, escucha su lectura de la realidad, su desilusión y dialoga con ellos; justamente de esta manera reenciende en sus corazones la esperanza, abre nuevos horizontes que estaban ya presentes, pero que solamente el encuentro con el Resucitado permite reconocer. No tengan nunca miedo del encuentro, del diálogo, del confrontarse, mismo entre universidades. En todos los niveles. Aquí estamos en la sede de la Facultad Teológica, permítanme de decirles: no tengan miedo de abrirse también a los horizontes de la trascendencia, al encuentro con Cristo o de profundizar la relación con Él. La fe no reduce nunca el espacio de la razón, pero lo abre a una visión integral del hombre y de la realidad , y lo defiende del peligro de reducir el hombre a 'material humano'.
Un último elemento: la universidad como lugar de formación en la solidaridad. La palabra solidaridad no pertenece solamente al vocabulario cristiano, es una palabra fundamental del vocabulario humano. El discernimiento de la realidad, asumiendo el momento de crisis, la promoción de una cultura del encuentro y del diálogo orientan hacia la solidaridad como elemento fundamental para una renovación de nuestras sociedades.
En el encuentro, el diáologo entre Jesús y los dos discípulos de Emaús, que reenciende la esperanza y renueva la esperanza y renueva el camino de su vida, lleva a compartir: lo reconocen al dividir el pan. Es el signo de la eucaristía, de Dios que se hace así cercano en Cristo de volverse presencia constante, al punto de compartir su propia vida. Y esto nos indica a todos, también a quien no cree, que es justamente en una solidaridad no dicha sino vivida que las relaciones pasan del considerar al otro como 'material humano' o como 'número' al considerarlo como persona.
No hay futuro para ningún país, para ninguna sociedad, para nuestro mundo, si no sabremos ser todos más solidarios. Solidaridad por lo tanto como modo de hacer historia, como ámbito vital en el cual los conflictos, las tensiones, también los opuestos alcanzan una armonía que generan vida. Antes de concluír permítanme subrayar que a nosotros cristianos la fe misma nos da una esperanza sólida que nos empuja a discernir la realidad, a vivir al cercanía y la solidaridad, porque Dios mismo ha entrado en nuestra historia, volviéndose hombre en Jesús y se ha sumergido en nuestra debilidad haciéndose cercano a todos, mostrando solidaridad concreta, especialmente hacia los más pobres y necesitados, abriéndonos un horizonte infinito y seguro de esperanza.
Estimados amigos, gracias por este encuentro y por vuestra atención. La esperanza sea la luz que ilumina siempre vuestro estudio y vuestro empeño. Que Dios les bendiga.