(RV).- En su homilía de hoy en la
fiesta de San Ignacio, el Papa
Francisco propuso una reflexión basada sobre tres conceptos: poner al centro a
Cristo y a la Iglesia; dejarse conquistar por Él para servir y sentir la
vergüenza de nuestros límites y pecados para ser humildes ante él y ante los
hermanos.
A la centralidad de Cristo corresponde también la centralidad de la
Iglesia: son dos fuegos que no se pueden separar: yo no puedo seguir a Cristo
si no en la Iglesia y con la
Iglesia. Y también en este caso, nosotros los
jesuitas y toda la Compañía, estamos por decirlo así “desplazados”, estamos al
servicio de Cristo y de la
Iglesia... Ser hombres radicados y fundados en la Iglesia:
así nos quiere Jesús. No puede haber caminos paralelos o aislados. Sí, caminos
de búsqueda, caminos creativos, sí, es importante; ir hacia las periferias...
pero siempre en comunidad con la Iglesia, con esta pertenencia que nos da el
valor para ir hacia adelante”. El Pontífice continuó subrayando que el
camino para vivir esta centralidad doble es “dejarse conquistar por Cristo. Yo
busco a Jesús y lo sirvo porque Él me ha buscado en primer lugar... En español
- precisó- hay una palabra que es muy descriptiva: “Él nos primerea”. Es
siempre el primero... Ser conquistado por Dios para ofrecer a este Rey toda
nuestra persona y nuestra fatiga... imitarlo en el soportar incluso injurias,
desprecio, pobreza”. “Dejarse conquistar por Cristo significa estar
siempre tendidos hacia quién tengo enfrente, hacia la meta de Cristo”.
El Papa evocó además las
palabras de Jesús en el Evangelio: "quien quiera salvar la propia vida la
perderá, pero quien pierda su vida por mí, la salvará... quién se avergüence de
mi..." y las comparó con la vergüenza de los Jesuitas. "La
invitación que hace Jesús es la de no avergonzarse nunca de Él, sino de
seguirle siempre con total dedicación, fiándose y confiando en
Él". "Mirando a Jesús, como San Ignacio nos enseña en la Primera Semana ,
-dijo el Obispo de Roma- sobre todo mirando a Cristo crucificado, sentimos esa
sensación tan humana y tan noble que es la vergüenza de no estar a la altura... Y esto nos
lleva siempre, a cada uno por separado y como compañía, a la humildad, a vivir
esta gran virtud. Humildad que nos
hace conscientes todos los días de que no somos nosotros los que tenemos que
construir el Reino de Dios, sino que es siempre la gracia del Señor la que obra
en nosotros; la humildad que nos lleva a ponernos a nosotros mismos no a
nuestro servicio personal o al servicio de nuestras ideas, sino al servicio de
Cristo y de la Iglesia, como vasijas de barro, frágiles, inadecuadas,
insuficientes, pero con un inmenso tesoro que llevamos y comunicamos".
El Santo Padre señaló luego cómo siempre en el ocaso de su existencia,
"cuando un jesuita termina su vida" le vienen a la mente dos
imágenes; la de san Francisco Javier, mirando a China, y la del padre Arrupe,
en su última conversación en el campo de refugiados. "Dos imágenes
-aseguró- que a todos nos hará bien observar y recordar. Pedir la gracia que
nuestro ocaso sea como el de ellos". Finalizando su homilía en la
Iglesia romana del Gesù, el Papa
Francisco animó a los congregados a pedir a la Virgen que "nos haga sentir
vergüenza por ser inadecuados para el tesoro que nos ha sido confiado, para
vivir la humildad ante Dios. Que acompañe nuestro camino la intercesión
paternal de San Ignacio y de todos los santos jesuitas, que siguen enseñándonos
cómo hacer todo, con humildad, ad maiorem Dei gloriam". (RC-RV)
